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Marguerite Duras: Infancia y biografema

Ángel Sanabria Terán

“No sé realmente qué impulsa a la gente a escribir, salvo, quizás, la soledad de una infancia”
M. Duras

Es un lugar común decir que la vida de Marguerite Duras está –como pocas– estrechamente ligada a la escritura. Pero hay que decirlo. Digamos entonces: lo vivo de Marguerite Duras está estrechamente ligado a su escritura –dándole a este “su” el doble valor de ser ella tanto la autora como la criatura de esa escritura. Consigue así contornear el agujero de lo infans –lo aún sin voz– y hacer del estrago corpus amoroso, biografema. [1]

Biografema

De su escritura, Duras es la autora al tiempo que la criatura porque al hacer con su obra una vida de escrita (vida de escritura) –por decirlo al modo de Ana Lúcia Lutterback–, alcanza con su estilo una escrita vida (escritura viva): “sustancia de la escritura en que la escritura tiene cuerpo”.[2]

Allí donde La historia de su vida no existe –son sus palabras–, Marguerite Duras crea un corpus que tiende al biografema (Barthes). No la biografía novelada o la ficción autobiográfica, falso dilema que desconcierta a la crítica, sino un memorial del duelo y del deseo que es su vida, múltiplemente declinado en sus libros, filmes, obras de teatro y entrevistas.

–Recordamos aquí al inefable Barthes: “El corpus: ¡es una hermosa idea! A condición de que se admita leer en el corpus el cuerpo: ya sea que en el conjunto de textos retenidos para el estudio (y que forman el corpus) se busque, no sólo la estructura, sino las figuras de la enunciación; ya sea que se tenga con este conjunto algún nexo amoroso, sin el cual el corpus no es más que un imaginario científico”–. [3]

Y ese corpus textual y vital, suerte de “autobiografema”, escribe el nombre singular –sinthomático– de Marguerite Duras: “soy una escritora; no vale la pena decir nada más”. [4]

Una escritura de lo infans

“La historia de mi vida no existe” –nos gritan las primeras páginas de El amante–, no existe un centro, una línea, un camino conductor. No es que se esté allí sin esa “carretera principal” de la que habla Lacan en su Seminario sobre las psicosis.[5] Pero el relato de esa vida sigue rutas contingentes y excéntricas, y su obra forma rizomas cuyos reenvíos y reescrituras no alcanzan nunca una totalización. ¿Acaso no es así la vida misma, no-toda?

La obra de Marguerite Duras enseña sobre el abismo entre vida y memoria –entre goce y saber– tanto como sobre lo que se escribe de lo infans:

«Siempre resulta extraña la forma en que se organiza la memoria de la vida. Para mí ocurrió así, es decir, veo mi niñez, estoy en mi niñez, con la brutalidad que la caracterizó, y era terrible. Y luego salto quince años después, veinte años después matan de una vez a siete millones de judíos. Para mí es como un relato personal. Creo que, quizás, en eso consista escribir». [6]

Una entrevista de televisión. Marguerite Duras habla de su vida y de su obra: “Ese es el misterio de mi vida: por qué ese período relativamente corto de los seis a los dieciséis años es tan fecundo”. Al hablar de El amante, es la mirada lo que se recorta. El amante, dice, era un álbum de fotografías, el comentario de las fotos de su infancia. Una foto en familia. Marguerite recorre los detalles del “decorado de su infancia” y se detiene en el rostro de la madre. Los rasgos tirantes, cierto desorden en su peinado, cierta mirada somnolienta en donde puede leerse su gran desaliento frente a la vida, una desesperación “tan pura que ni la felicidad más viva lograba distraerla por completo”. A su alrededor, los hijos vestidos “como desdichados” delatan ese estado en el que se hundía la madre, al punto de no vestirlos o incluso alimentarlos. [7]

En las novelas del llamado “ciclo familiar” (Un dique contra el Pacífico, El amante y El amante de la China del norte) Duras salda cuentas con los horrores de su infancia y efectúa una “redención literaria” de su familia: “todos son finalmente inocentes”. La maldad del hermano, el desánimo y la locura de la madre –la voz estragante y mortificante, pero también la voz dulce de la madre que les narraba (¡la narración!) antes de dormir. El padre ausente, único hombre amado por la madre, de quien pocas veces se habla en sus novelas –“quizás porque sin saberlo es a él a quien seguí escribiéndole […] “perdía y volvía a encontrar a los hombres como si hubieran sido mi padre”. [8]

El “esp de un libr

La soledad de la escritura, nos dice Duras, es estar en medio del agujero de una absoluta soledad ante el libro que reclama ser escrito: “Delante de algo así como una escritura viva y desnuda, como terrible, terrible de superar”. Una escritura de la que no se tiene la menor idea, frente a la cual la propia persona que escribe se encuentra con las manos vacías y “sólo conoce la escritura seca y desnuda, sin futuro, sin eco, lejana, con sus reglas de oro, elementales: la ortografía, el sentido.” [9]

El estilo durasiano es materialmente una escritura de ese agujero, inscrita en la filigrana misma del texto: “Ante todo son palabras por otra parte sin artículos, que llegan y se imponen. Sigue el tiempo gramatical, bastante después”. Blancos en la cadena gramatical que simplemente se imponen y que aparecen “bajo el impacto de un rechazo violento de la sintaxis”, como estigmas dolorosos de la incursión en zonas inexploradas: “Ese blanco de la cadena […] tal vez sea eso lo que causa dolor”. Duras no duda en remitir estos “blancos” a lo femenino: “Es ese blanco en la cadena del que usted hablaba… Lo femenino, si usted prefiere”. [10]

La escritura para Duras es el lugar del extravío y a la vez su única certeza. Un espacio al cual entra en un estado de abandono de sí misma –“dejarse hacer, abandonarse, dejar que el libro sople su propio viento” (ibid). Algo así como el esp de un libr, [11] el espacio de un libro en donde ya no hay nadie y en el cual la práctica de la letra toca algo del inconsciente real:

«Cuando escribo me encuentro, generalmente, en un estado difícil de describir, nada claro. […] Creo que sólo se escribe verdaderamente cuando uno cree no estar escribiendo, cuando ya no se es dueño de lo que se hace. […] En ese momento llega la desesperación, incluso la abdicación misma: se diría que la escritura llega sola». [12]

La salvación por la escritura

De esa escritura en el límite, entre acontecimiento de cuerpo y palabra, Duras obtiene un recorte del objeto pulsional que le permite inscribir una pérdida y alzar un dique frente al estrago y la muerte. Se trata de una “salvación por la escritura”, es una cuestión de vida o muerte: la escritura o el alcoholismo. Sortear por un lado la soledad alcohólica y por otro la soledad de la escritura como dos modos de vérselas con el agujero. El alcohol, taponándolo con la ilusión fálica del sentido pleno al precio de un empuje feroz al goce mortífero. La literatura, escribiendo materialmente el agujero sin taponarlo.

***

Se escribe sobre el cuerpo muerto del mundo y sobre el cuerpo muerto del amor, nos dice Duras. La escritura se nutre de la ausencia, pero no para reemplazar lo vivido sino para depositar ahí el vacío que ha dejado:

«Un suceso no puede ocurrir dos veces, una vez en la realidad y una vez en un libro, pero tiene que haber ocurrido para que el libro pueda narrarlo. Y el mismo suceso se destruye, si me lo permite, en el libro, porque nunca es el que ha tenido lugar. Sí, el libro realiza este milagro». [13]

La escritura entonces es apenas “una reverberación del estado que precede a la expresión, antes de traicionarla”. [14] Y por eso la escritura, si porta algo del abismo, es siempre fallida con respecto a ese caos primitivo, total e ilegible que la precede. Pero que justo por fallida se abre al espacio posible del libro por venir. Es decir, al deseo.

NOTAS

  1. Sobre el uso del término “biografema”, ver: Lutterbach Holck, Ana Lúcia. “Relato”. Documento en línea. Disponible en: https://www.wapol.org/es/las_escuelas/TemplateImpresion.asp?intPublicacion=4&intEdicion=2&intIdiomaPublicacion=1&intArticulo=1142&intIdiomaArticulo=1
  2. Lutterbach Holck, Ana Lúcia. “Relato”. Op. cit.
  3. Barthes, Roland. Roland Barthes por Roland Barthes, Monte Ávila Editores, Caracas, 1997. Disponible en línea en: “ROLAND BARTHES – Roland Barthes por Roland Barthes (2/2)”, http://estafeta-gabrielpulecio.blogspot.com/2010/10/roland-barthes-roland-barthes-por.html
  4. Duras, Marguerite. Escribir. Fábula Tusquets Editores, Buenos Aires, 2006, p. 17.
  5. Lacan, Jacques, El Seminario. Libro 3, “Las psicosis”, (Clase 23). Paidós, Buenos Aires, 2009.
  6. “Biografía Marguerite Duras”, video en YouTube. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=-yBwwc6UDxg
  7. Ídem.
  8. Duras, Marguerite. La pasión suspendida. Citada en: Nieves Soria. “Marguerite Duras, una escritura del dolor”. Documento en línea. Disponible en: https://www.aacademica.org/000-067/995
  9. Duras, Marguerite. Escribir. Op. cit., p. 22.
  10. Duras, Marguerite. Las conversadoras. Entrevistas con Xaviêre Gauthier. El cuenco de plata, Buenos Aires, 2005, pp. 16-17.
  11. Cfr., el esp de un laps de Lacan: “o sea, el espacio de un lapsus [que] ya no tiene ningún alcance de sentido (o interpretación) […] Pero basta con que se le preste atención para que uno salga de él”. Lacan, Jacques: “Prefacio a la edición inglesa del Seminario 11”. Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 599.
  12. Armel, Aliette. “’He vivido la realidad como un mito’. Entrevista Marguerite Duras”, Revista de la Universidad de México, 478, Artículo en línea. Disponible en: https://www.revistadelauniversidad.mx/download/34200425-2ea4-491b-862a-3bdf8a6d8b8c?filename=he-vivido-la-realidad-como-un-mito-entrevista-a-marguerite-duras.
  13. Dumayet, Pierre. “Marguerite Duras, leer y escribir. Una entrevista de Pierre Dumayet”. Documento en línea. Disponible en: http://tijeretazos.org/Acrobat/Marguerite%20Duras,%20leer%20y%20escribir.pdf.
  14. Armel, Aliette. “’He vivido la realidad como un mito’. Entrevista Marguerite Duras”. Op. cit.