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La Mitad de Pollo

Jean Macé

El relato que publicamos a continuación fue comentado por Lacan en el seminario 17. [1] Representa una de las primeras lecturas de su infancia y lo acompañará, incluso, en el recorrido que hará sobre la letra en su clase de Lituratierra en el Seminario 18 . [2]

La referencia a La Mitad de Pollo aparece para dar cuenta de la deriva de la verdad y su carácter inasible. Lamentablemente, no podemos mostrar la ilustración descrita por Lacan, en el marco del seminario cuando dice:

(…) “La imagen del medio pollo estaba de perfil, por el lado bueno. El otro no se veía, el corte, donde probablemente estaba la verdad, ya que en la página de la derecha se veía la mitad sin corazón, pero sin duda no sin entrañas, en los dos sentidos de la palabra. [3] ¿Qué significa esto? Que la verdad está escondida, pero tal vez no está ausente”.

Lo destacado por Lacan de la ilustración, es la ausencia de representación de la parte faltante. Por otro lado, cuando Lacan lo menciona en LituratierraLa Mitad de Pollo pasa a caracterizar el corte mismo que separa saber y goce.

NOTAS

  1. Lacan, Jacques. Seminario 17, El reverso del psicoanálisis, Paidós. Buenos Aires, 1992, p. 58
  2. Lacan, Jacques. Seminario 18, De un discurso que no fuera de semblante, Paidós, 2006, p.112
  3. Foi, “hígado” es homofónico de foi, “fe”. Lacan juega con la expresión Sans cœur ets sans foi, “Sin corazón y sin fe”.

La Mitad de Pollo [1]

Esta es una historia que se contaba antaño en el país de Montbéliard. Es un cuento de viejas; pero divertía mucho a los niños.

Érase una vez una Mitad de Pollo que, de tanto trabajar y ahorrar, logró reunir cien escudos. El Rey, que siempre necesitaba más dinero, apenas se enteró fue a pedírselos prestados, y la Mitad de Gallina estaba en los comienzos muy orgullosa de haberle prestado dinero al Rey. Pero llegó un año malo, y quería recobrar su dinero. Por más que escribía carta tras carta tanto al Rey como a sus ministros, nadie le contestaba. Al final, tomó la resolución de ir ella misma a buscar sus cien escudos, y se puso en marcha rumbo al palacio del Rey.

Se encontró en camino con un zorro.

— ¿Adónde vas, Mitad de Pollo?

— Voy a donde el Rey. Cien escudos me debe.

— Llévame contigo.

— No voy a andar con melindres. Métete en mi pescuezo, allí te llevaré.

El zorro se metió en su pescuezo, y ella siguió, muy alegre por haber dado un gusto al zorro.

Un poco más adelante, se encontró con un lobo.

— ¿Adónde vas, Mitad de Pollo?

— Voy a donde el Rey. Cien escudos me debe.

— Llévame contigo.

— Será un placer. Métete en mi pescuezo, allí te llevaré.

El lobo se metió en su pescuezo y ella siguió adelante una vez más. Era un poco pesado; pero la idea de que el lobo estaba feliz de viajar le daba valor.

Cuando se acercaba al palacio, encontró en su camino a un río.

— ¿Adónde vas, Mitad de Pollo?

— Voy a donde el Rey. Cien escudos me debe.

— Llévame contigo.

— Muchas cargas llevo. Si cabes en mi pescuezo, allí te llevaré.

El río se volvió chiquitico, y se coló en su pescuezo.

Al pobre animalito le costaba mucho caminar; llegó empero a la puerta del palacio.

Toc ! toc ! toc !

El portero pasó la cabeza por el recuadro de vidrio de la puerta.

— ¿Adónde vas, Mitad de Pollo?

— Voy a donde el Rey. Cien escudos me debe.

El portero se apiadó del animalito, que lucía muy inocente.

— Anda vete, maja. Al Rey no le gusta que lo molesten. Mal le va a quién se mete con él.

— Abra de todas maneras; le hablaré. Tiene mis reales; me conoce bien.

Cuando vinieron a decir al Rey que Mitad de Pollo pedía hablar con él, el Rey se encontraba sentado a la mesa haciendo una comilona con sus cortesanos. Echó a reír, porque bien se imaginaba de qué se trataba.

— Abran a mi querida amiga, respondió, y que la metan en el gallinero.

Abrieron la puerta y la querida amiga del Rey entró muy serena, convencida de que le iban a dar su dinero. Pero en vez de hacerla subir por la gran escalera, hete aquí que la llevan a un pequeño patio apartado; levantan un cerrojo; la empujan, y ¡crac! mi Mitad de Pollo queda encerrada en el gallinero.

El gallo, que picoteaba una mondadura, la miró por encima del hombro sin decir nada. Pero las gallinas se pusieron a perseguirla y a darla picotazos. No hay animal más malo que las gallinas cuando llega gente ajena indefensa.

Mitad de Pollo, que era niña apacible y bien puesta, acostumbrada en su casa a nunca tener querellas, se espantó mucho en medio de tantas enemigas. Corrió a acurrucarse en un rincón, y gritó con todas sus fuerzas:

— Zorro, zorro, sal de mi pescuezo, o soy pollito muerto.

El zorro salió de su pescuezo, y se comió a mordiscos a todas las gallinas.

La sirvienta que daba de comer a las gallinas no encontró sino las plumas al llegar. Corrió llorando a avisarle al Rey, el cual se puso furibundo.

— ¡Enciérrenme a esa desquiciada en el redil con las ovejas! dijo el Rey.

Y para consolarse mandó a pedir otras botellas.

Una vez en el redil, Mitad de Pollo quedó en mayor peligro aun que en el gallinero. Las ovejas estaban una encima de otra, y amenazaban a cada instante con aplastarla con los pies. Logró por fin guarecerse detrás de un pilar, pero cuando un grueso carnero fue a acostarse ahí, casi se ahoga en su vellón.

— ¡Lobo! —gritó— ¡lobo, sal de mi pescuezo, o soy pollito muerto!

El lobo salió de su pescuezo y en un santiamén degolló a todas las ovejas.

La furia del Rey no tuvo ya límites cuando se enteró de lo recién ocurrido. Tumbó los vasos y las botellas, hizo prender un gran fuego, y mandó a buscar una vara en la cocina.

— ¡Ah, qué canalla! exclamó, la voy a asar para enseñarle a hacer masacres en casa mía.

Pusieron frente al fuego a Mitad de Pollo, que temblaba toda de miedo; y el Rey la agarró con una mano con la vara en la otra, cuando Mitad de Pollo se apuró en murmurar:

— Rio, rio, sal de mi pescuezo, o soy pollito muerto.

El rio salió de su pescuezo, apagó el fuego, y ahogó al Rey con todos sus cortesanos.

La Mitad de Pollo, adueñada del palacio, buscó en vano sus cien escudos: los habían gastado y de ellos no quedaba ni huella. Pero como ya no había nadie sobre el trono, se encaramó encima en el puesto del Rey, y el pueblo saludó su advenimiento con grandes gritos de alegría. Estaban encantados de tener una Reina que sabía ahorrar tan bien.

Esta historia, acaso algo extraordinaria, tiene su moraleja, la cual busqué antes de hacerle el honor de contársela a ustedes. Salta a la vista que no conviene prestar dinero a manirrotas. Pero esa no es. La verdadera moraleja es que conviene ser complaciente con la gente. A veces parecerás absurdo, pero siempre acabas siendo recompensado.

Jean Macé, Contes du petit château(Cuentos del castillito), Hetzel, 1862.
Traducción de Juan Luis Delmont con la colaboración de Brenda Bellorín.

NOTAS

  1. En las muchas versiones en español de este cuento, Mitad de Pollo se llama Medio Pollito, pero conservamos Mitad de Pollo por el cambio de género que induce. Y si en las versiones publicadas, como la que leía el niño Lacan en francés, los amigos del medio pollo se le meten en el pescuezo o en el piquito, en las versiones que cuentan las viejas, los amigos se le meten en el culito —para gran alborozo de los niños, y de seguro para goce del otro Lacan también—.