El niño y el saber

Jacques-Alain Miller

El Instituto del Niño ha sido inaugurado este día con una serie de trabajos sobre los miedos de los niños. La elección de este tema se justifica, en tanto que el texto más importante que Freud consagra al niño o mejor al psicoanálisis con niños, al menos a su inscripción en el discurso analítico, es el análisis de una fobia que, como saben, toma el aspecto de un miedo, miedo irrazonable a los caballos. Esta jornada inaugural puede ser considerada como una conmemoración a este gran texto.

¿Qué tema para la segunda Jornada que tendrá lugar en dos años? ¿Qué tema que haga pareja con “los miedos de los niños” y que haga con él un efecto de sentido?

El miedo es patético, es un afecto. Vayamos pues a buscar un término que se le oponga como polaridad. Debe ser un término que pertenezca al registro que llamamos del significante. Está más que justificado que una fobia, si se experimenta en el nivel del afecto, se analiza en el nivel del significante. Y es hasta tal punto que, en la cura de Juanito, la fobia ha podido ser definida por Lacan como un “cristal significante”. Un cristal significante es una formación del inconsciente, hecho de un número limitado de significantes de los que el niño explora todas las permutaciones posibles. Una fobia, no es un miedo, no se reduce en absoluto a un miedo. Una fobia, tal como se revela en una cura de orientación analítica es una elucubración de saber sobre el miedo, o bajo el miedo, en la medida en que es su armadura significante.

De esta reflexión, muy simple, procede la elección que he hecho del tema de la próxima Jornada, “El niño y el saber”. Este tema, por su parte, despierta reflexiones que les ofrezco, a fin de abrir el campo y no para cerrarlo. En los dos años que nos separan de esta próxima Jornada, aquellos que están en relación a este nuevo Instituto del Niño tendrán tiempo para explorar este campo.

Una vez dicho, encuentro que el niño y el saber son dos palabras que van muy bien juntas, pues el niño es, podríamos decir, la victima totalmente designada del saber.

¿Qué es un niño? No es demasiado tarde para plantear esta pregunta. Un niño es el nombre que damos a un sujeto en tanto que se le consagra a la enseñanza, bajo la índole de la educación. El niño es un sujeto a educar, lo que quiere decir el sujeto a conducir, a dirigir, como lo confirma la etimología que nos remite al latín ducere, que es un verbo derivado del sustantivo dux, jefe.

Así, el niño es por excelencia el sujeto librado al discurso del amo, por el sesgo del saber, es decir, por la mediación de la pedagogía. Aquí también la etimología nos recuerda que “pedagogo” era el nombre del esclavo, encargado de conducir a los niños.

El saber del que se trata puede parodiarse como amo, pero nada más que a título de semblante. El verdadero amo, el amo que es la verdad de este semblante, no le vemos y es lo que Lacan ha traducido en su algebra, escribiendo bajo el significante S2, una barra y debajo de ella el S1, (S2/S1). El amo está escondido debajo de la apariencia de un saber amo, que no es más que el saber del esclavo para conducir a los niños y que son ellos en alguna medida los esclavos del esclavo.

Lo que Lacan ha llamado el discurso de la Universidad, podemos considerarlo como una estructura general de todos los aparatos en donde el saber está en posición de semblante y cuyas apuestas son obtener poder. Y el niño hoy es una apuesta del poder y nosotros tenemos que decir dónde nos inscribimos ante este espectáculo.

Así, las controversias actuales sobre la educación son, de un lado a otro, políticas. Se trata nada más ni nada menos que de la producción de sujetos. Se trata siempre de reducir, comprimir, amaestrar, manipular el goce de aquel que llamamos un niño para extraer un sujeto digno de este nombre, un sujeto sujetado.

Y nosotros asistimos a esto que es creciente: una concurrencia de saberes, una rivalidad de las tradiciones, una lucha de las trasmisiones que se dan a cual mejor para determinar qué saber ganará sobre el otro en la producción de los sujetos, bajo qué empresa caerá el niño para merecer llegar a ser lo que en ciertos saberes se llama ciudadano. Esto es especialmente sensible cuando se trata de la enseñanza de la historia.

¿Qué historia, se preguntan? ¿Hay que enseñar la del país de residencia, la de Europa, la del mundo, la de la tradición étnica y/o religiosa a la que pertenece el niño?

Simplifiquemos la cuestión dibujando un triángulo de saberes en cuyos vértices está el Estado, la familia y los medios de comunicación.

El Estado porque estamos en Francia y en este país hay una tradición llamada republicana que prescribe una cierta clase de saber para transmitir, un cierto orden de saber cuyos fundamentos han sido colocados durante la Tercera República.

La familia, porque es también la comunidad étnica y/o religiosa cristiana, Judía, musulmana, la comunidad que quiere sujetos que perpetúen las prácticas y las creencias.

Los medios en tanto que la distracción vehiculiza también un saber que modela al sujeto, y nos interrogamos de manera reiterada sobre las incidencias que comporta el espectáculo sobre el sujeto a educar, en particular, muy intensamente a propósito de los espectáculos de la violencia.

Michel Foucault había forjado el término “biopolítica” para designar la producción de seres vivientes en tanto apuesta del poder. En esta misma línea porque no hablar de “epistemopolítica” para designar la política de los saberes que conciernen, que apuntan especialmente al niño y que buscan a conferirle una identidad, por ejemplo, la identidad que algunos llaman nacional. La cuestión es saber, a propósito del niño, cuando se disputan así los poderes con qué significantes amos será marcado. De todas formas, para que el sujeto pueda recibir una marca de identidad, precisa que el goce del niño sea descompletado, que sufra una pérdida, que una ablación se realice. Es la operación capital del saber-semblante. Nadie lo pone en duda cuando esta operación se encarna en una práctica como la de la escisión, pero ésta sólo manifiesta que todo saber comporta una escisión, todo saber realiza sobre el niño una ablación, exige que el consienta a una pérdida.

La imagen tradicional de la enseñanza es la de una crianza, de una alimentación. Es lo que expresa muy bien el nombrecito latín dado a la Universidad y que encontramos en Rabelais, incluso antes, en los romanos, para otros empleos: Alma mater, madre nutricia. Ya podemos corregir esta imagen pensando, como este tema de hoy es muy adecuado para recordarlo, que esta crianza puede muy bien invertirse en voracidad, y si en la boca de la mamá cocodrilo parece que podemos meter un pequeño bastón, no llegamos a ponerlo en la boca del aparato escolar y universitario, entonces es preciso que el niño mismo se haga este pequeño bastón.

El psicoanálisis nos incitaría más bien a sustituir este modelo oral de transmisión del saber por una referencia anal. La transmisión de saber exige siempre del sujeto que se vacíe del interior, que deje lo que le pertenece como propio, que se purifique del desecho que contiene. Y no es por azar que contemos con el testimonio del afecto de los primeros estudiantes de la Universidad de París, en el momento de su constitución, en el siglo XIII, ya que tenemos las cartas que escribían a sus familias: donde testimoniaban hasta que punto estaban en la mierda.

La voz y la mirada no están menos implicadas en la relación del niño al saber. Es necesario que una voz done el saber. Los psicólogos que han contrastado los resultados escolares, testimonian que es mucho mejor cuando la voz del profesor está presente para soportar el significante. Por otra parte, la educación apunta a incorporar en el sujeto la mirada del Otro de manera que el sujeto mismo se vigile, se controle como si fuera el Otro. Se precisa que el niño incorpore algo del Otro, y por excelencia lo que debe incorporar es la mirada del Otro.

Establezco un retrato un poco patológico de la escuela, pero muestra que lo que llamamos psicoterapia es en definitiva del mismo registro que la pedagogía. La psicoterapia es la pedagogía desde el momento en que acentuamos el carácter curativo de lo educativo y yo acentúo más bien el aspecto patológico o patógeno.

Le corresponde al Instituto del Niño despejar en la educación la función que tiene el deseo del Otro. Esto quiere decir también poner en cuestión el goce de los pedagogos, su goce infame por operar por el sesgo de los semblantes de saber sobre el goce del niño. La virtud de los pedagogos a menudo no es más que cubrir un goce que incluso desconocen, quizás calificado de sádico, con efectos de angustia sobre el educado.

Le incumbe al Instituto del Niño restituir el lugar del saber del niño, lo que los niños saben. Y saben. Saben siempre más de lo que sospechan los adultos, estos cretinizados ya por su educación acabada.

Saben más sobre el lenguaje, por la anticipación, como lo ha apuntado el lingüista.

Por supuesto, saben los secretos familiares.

Saben del deseo de los padres, aunque no sea más que a título de ser su síntoma.

Saben del deseo de los pedagogos. No se confunden sobre el carácter de semblante de los saberes que les imponen y sobre el halo de ignorancia en la que están rodeados y donde encuentran su fundamento.

El saber del niño, en el sentido del saber que tiene, no es de esos saberes de semblante, artificiosos que son puestos en el discurso sobre la misma matriz que el discurso de la Universidad. El saber del niño es un saber auténtico, que sea sabido o no sabido, y es bajo este título que se inscribe en el discurso analítico.

Diré la palabra “respeto”: en el discurso analítico la palabra del niño es respetada.

El niño entra en el discurso analítico como un ser de saber y no solamente como un ser de goce. Su saber es respetado como el de un sujeto de pleno derecho, pues es un sujeto en pleno ejercicio y no un “sujeto a advenir” como es a los ojos de la pedagogía, y es un saber respetado en su conexión al goce que le envuelve, que le anima, y del que podemos decir que se confunde con él.

La cura no es una educación. Primeramente porque acogemos, en psicoanálisis, a sujetos traumatizados por el saber del Otro, y por su deseo y por su goce, dicho saber, deseo y goce del Otro han tomado para ciertos niños valor de real. Se actúa sobre aquellos, sí, conducirles, pero conducirles no al dux, no a creer en el jefe, sino conducirles a esto que el Otro no existe.

El niño, en el psicoanálisis, es supuesto saber, y es más bien el Otro que se trata de educar, es el Otro que conviene enseñarle a comportarse. Cuando este Otro es incoherente y fracturado, cuando deja al sujeto sin brújula y sin identificación, se trata de elucubrar con el niño un saber a su medida que pueda servirle. Cuando el Otro asfixia al sujeto, se trata con el niño de hacerle retroceder, a fin de devolver a este niño su respiración.

En todos los casos, el analista está del lado del sujeto y tiene la tarea de llevar al sujeto, el niño, a jugar su partida con las cartas que le han distribuido.

Aquí se encuentra una prueba para el psicoanalista que controla la exactitud, la veracidad de su posición de analista, pues no puede operar con el niño más que a condición de no ser un siervo de ningún conformismo y primeramente de no ser un siervo del conformismo psicoanalítico, del conformismo del saber psicoanalítico.

Asistimos hoy, después de algunos años, en un cierto mundo psicoanalítico a la transformación de la metáfora paterna en un estándar, y lo que comporta como supremacía de la función del padre sobre el deseo de la madre se vuelve la expresión de un machismo primario, al mismo tiempo que la castración toma la figura de la norma.

El saber del psicoanálisis no es eso, es aquel que tiene que elucubrarse a ras del síntoma, lo más cerca de la localización original del síntoma. Es lo que Jacques Lacan llamaba el sinthome, es un circuito de repeticiones, un ciclo de saber-goce que se desencadena a partir de un acontecimiento del cuerpo, es decir de la repercusión en un cuerpo del significante.

En aquellos que llamamos niños, tenemos la suerte de poder intervenir antes de que los efectos de après-coup de esta repercusión hayan tomado la forma de un ciclo definitivamente establecido e incluso, si lo está, queda un margen que permite todavía orientar el ciclo del sinthome a fin de que el sujeto pueda encontrar allí un orden y una seguridad a su medida.

Lo que hay que esperar de la próxima Jornada del Instituto del Niño sobre “El niño y el saber” no es elaborar, aislar como una especialidad el psicoanálisis con niños, al contrario es contribuir al discurso analítico como tal. [2]

Trascripción de Daniel Roy y Hervé Damase, no revisada por el autor.
Traducción: Mariam Martín Ramos.

NOTAS

  1. Texto tomado de la Revista Carretel número 11. Autorizada su publicación por Begoña Isasi.
  2. Conferencia pronunciada en las II Jornadas del Instituto del Niño de la Universidad Popular Jacques Lacan.